La noche venezolana volvió a ser escenario de una esperanza contenida. Mientras la mayoría del país dormía, el régimen chavista liberó a 24 presos políticos en la madrugada de este lunes, un movimiento que fue recibido con alivio por decenas de familias, pero también con una cautela amarga. En Venezuela, incluso la libertad llega a cuentagotas y sin certezas.

Según confirmó la ONG Foro Penal, nueve mujeres salieron del centro penitenciario La Crisálida y quince hombres fueron excarcelados de la cárcel de Rodeo I, uno de los símbolos más duros de la represión política, donde aún permanece detenido el gendarme argentino Nahuel Gallo. Con estas salidas, las organizaciones especializadas contabilizan alrededor de 50 liberaciones desde el jueves pasado, cuando el oficialismo anunció el inicio de un proceso que definió como un “gesto de paz”.
El gobierno, sin embargo, elevó la cifra de manera abrupta y unilateral: 116 presos políticos habrían sido liberados en los últimos días, según un comunicado del Ministerio del Servicio Penitenciario. La brecha entre los números oficiales y los verificados por las ONGs volvió a encender la alarma. En un país donde la opacidad es norma, la diferencia estadística no es un detalle: es la medida exacta de la angustia.
Frente a cárceles como el Rodeo I y el Helicoide, familiares mantienen vigilias permanentes. Con velas encendidas, carteles improvisados y rezos silenciosos, esperan que los anuncios se conviertan en nombres, y los nombres en cuerpos libres que crucen finalmente las rejas. La ausencia de un listado oficial mantiene la zozobra. Nadie sabe quién sigue, quién falta, quién fue olvidado.
El contraste se volvió aún más visible con la liberación de dos ciudadanos italianos: Alberto Trentini, trabajador humanitario detenido durante 423 días, y Mario Burló, empresario arrestado sin cargos claros en noviembre de 2024. Ambos fueron trasladados a la embajada italiana y su salida fue celebrada como un éxito diplomático por el gobierno de Giorgia Meloni. Las palabras de alivio, los agradecimientos y las llamadas oficiales contrastaron con la realidad cotidiana de cientos de familias venezolanas que aún no reciben ninguna respuesta.
“Fue todo tan repentino”, dijo Trentini al recuperar la libertad, con una mezcla de incredulidad y cansancio. Su frase resume el clima general: liberaciones inesperadas, sin explicación pública, sin reglas claras. En Venezuela, la libertad no sigue un procedimiento; parece depender de negociaciones invisibles y presiones externas.
Mientras tanto, el saldo sigue siendo dramático. Más de 780 personas continúan presas por razones políticas, según el último recuento de Foro Penal, aunque otras organizaciones elevan la cifra inicial a más de mil detenidos. La muerte bajo custodia del policía Edison José Torres Fernández, ocurrida el sábado, recordó crudamente que el sistema carcelario sigue siendo un territorio de riesgo extremo.
El chavismo intenta mostrar apertura en medio de negociaciones internacionales y presiones de Washington, pero la realidad que describen las ONGs es otra: liberaciones parciales, sin transparencia y sin garantías de no repetición. Cada puerta que se abre deja al descubierto muchas otras que siguen cerradas.
En la madrugada hubo abrazos, lágrimas y reencuentros. Pero cuando amaneció, Venezuela volvió a la misma pregunta de siempre: ¿cuántos faltan y cuándo será el turno de los demás? En un país donde la libertad se anuncia sin lista y se concede sin explicación, la esperanza sigue siendo frágil, y la desconfianza, inevitable.
Fuente: La Nación
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