Lo que estaba previsto como un trámite administrativo más terminó convirtiéndose en un operativo digno de una película. El miércoles 7 de enero, en el Instituto Nacional de Rehabilitación de Cerro Largo, un privado de libertad se negó rotundamente a abandonar la cárcel de Melo. Su destino estaba marcado: Montevideo. Pero él decidió que no, que de allí no se iba.
Desde Melo/Fabián Magallanes desde la Redacción de El Mirador Arachán

Parecía un traslado más, pero terminó siendo todo un operativo.
Un privado de libertad se negó a abandonar la cárcel de Melo y hubo que desplegar un procedimiento especial para convencerlo de que su destino estaba en Montevideo y no entre las rejas locales.
El episodio ocurrió el miércoles 7 de enero en el Instituto Nacional de Rehabilitación de Cerro Largo. Ante la resistencia del interno, las autoridades solicitaron apoyo y entraron en acción el GRT y el PADO, porque al parecer decir “vamos” no fue suficiente.
Para despejar el pabellón y retomar el control, se activó el protocolo:
– disparos de estruendo,
– agentes químicos, y el resto de los internos evacuados “ordenadamente”.
Finalmente, el protagonista fue retirado, identificado y trasladado como estaba previsto, aunque claramente no por voluntad propia.
Dato clave: el operativo terminó sin heridos, tanto entre los reclusos como entre los policías.
Dato no menor: en Melo, hasta la cárcel a veces cuesta dejarla.
Crónica real de un hecho insólito que volvió a mostrar que, en ocasiones, la realidad supera cualquier ironía.

El traslado debía ser rutinario. Papeles en regla, móvil asignado y destino definido. Sin embargo, cuando llegó el momento de decir “vamos”, la respuesta fue una negativa que descolocó a todos. El interno se atrincheró en su postura y dejó claro que no pensaba salir del establecimiento por las buenas.
Ante la resistencia, las autoridades activaron el protocolo. Lo que parecía un episodio menor escaló rápidamente y obligó a solicitar apoyo externo. Entraron en acción efectivos del Grupo de Reserva Táctica (GRT) y del PADO. La escena cambió de tono: ya no se trataba de convencer, sino de recuperar el control.
Para despejar el pabellón y garantizar la seguridad, se recurrió a disparos de estruendo y al uso de agentes químicos. El resto de los internos fue evacuado de manera “ordenada”, mientras el clima de tensión se apoderaba del lugar. Todo para lograr un objetivo que, en teoría, debía haberse resuelto sin mayores sobresaltos.
Finalmente, el protagonista del insólito episodio fue retirado del pabellón, correctamente identificado y trasladado a Montevideo, tal como estaba previsto desde el inicio. No fue por voluntad propia, pero el traslado se concretó.
El dato clave es que el operativo culminó sin heridos, ni entre los privados de libertad ni entre los funcionarios policiales, un aspecto que las autoridades destacaron tras el procedimiento. El dato no menor, en cambio, quedó flotando en el aire: en Melo, incluso la cárcel puede resultar un lugar del que cuesta irse.
Una crónica real, casi irónica, de esas que recuerdan que, a veces, la realidad supera cualquier ficción y que en el interior del país ocurren historias que desafían toda lógica. Incluso detrás de las rejas.
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