Y de pronto, sin anuncios oficiales ni certezas, empezó a llegar la gente. Primero fueron miradas que se cruzaban, después pasos apurados, y finalmente abrazos largos, de esos que parecen querer recuperar el tiempo perdido. Eran poco después del mediodía en el Puente Internacional Simón Bolívar, el principal cruce entre Venezuela y Colombia, cuando la noticia comenzó a circular como un murmullo que devolvía algo que muchos ya creían perdido: esperanza.

Frente a un cartel con fotos de colombianos detenidos, con nombres impresos debajo de cada rostro, madres, padres y hermanos se fueron congregando. Algunos llevaban años repitiendo el mismo ritual: mirar una imagen, tocarla, besarla, hablarle en voz baja. Esta vez, sin embargo, el clima era distinto. El gobierno de Delcy Rodríguez había decidido liberar a un grupo de presos políticos en Caracas, y la posibilidad de un reencuentro volvió a latir.
“Sé que va a volver. Lo sé; mi instinto de madre me lo dice”, dice Miriam Angarita, mientras no deja de señalar y besar la foto de su hijo, Guzmán Humberto Ramírez Angarita. Hace diez años que lo detuvieron. Diez años sin llamadas, sin visitas, sin certezas. Guzmán era motorista y vivía en Ureña, pero según un comunicado oficial del gobierno venezolano, era un terrorista vinculado a grupos paramilitares. Un rótulo que se repite, casi calcado, en la mayoría de los casos.
Miriam habla y se quiebra. “Yo lo di por muerto. Pensé que lo habían matado”, confiesa. Hace cuatro meses, un dato cambió su historia: uno de los presos liberados mencionó que en la cárcel había un joven con el nombre de su hijo. “No puede ser casualidad”, repite, aferrada a esa mínima certeza. Su esposo murió hace cuatro años sin volver a escuchar la voz de Guzmán. “Pero yo lo voy a volver a ver”, insiste, ahora con una esperanza que le corta la voz.
Nadie sabe cuándo ni cómo. No hay listas oficiales, ni fechas, ni garantías. Pero eso parece secundario frente a lo esencial: la noticia de que algunas liberaciones ya ocurrieron en Caracas volvió a poner en movimiento a familias que llevaban años paralizadas por el miedo.
De a poco, más familiares se acercaron al puente. Todos coincidían en lo mismo: sus seres queridos estaban detenidos en El Rodeo, el complejo penitenciario ubicado en Miranda, a las afueras de la capital, símbolo del encierro y la opacidad del régimen.
Entre los casos más emblemáticos se encuentra el de Rocío San Miguel, reconocida analista en seguridad y defensa, con doble nacionalidad venezolana y española. Detenida desde febrero de 2024 en el Helicoide, fue arrestada junto a su hija cuando intentaba viajar a Miami. El Ministerio Público la vinculó a un supuesto plan conspirativo denominado “Brazalete Blanco”, acusación rechazada por su entorno y por organismos internacionales. Tras su liberación, su familia confirmó que prevé trasladarse a España.
También recuperaron la libertad los ciudadanos vascos Andrés Martínez Adasme y José María Basoa, detenidos en septiembre de 2024 en el estado Amazonas mientras realizaban un viaje turístico, pocos días después de las elecciones del 28 de julio. El régimen los acusó de ser agentes españoles que conspiraban contra Nicolás Maduro, sin presentar pruebas. España calificó la detención como arbitraria y sostuvo gestiones diplomáticas durante meses.
A ellos se suman Miguel Moreno, de Canarias, y Ernesto Gorbe, valenciano. La información fue divulgada por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, quien definió la decisión como un gesto unilateral del Estado venezolano para fortalecer la convivencia y la estabilidad interna.
Sin embargo, la cautela domina el ambiente. Alfredo Romero, director de Foro Penal, confirmó que hasta el momento solo cinco personas han sido excarceladas. “Cualquier lista que circule en redes es falsa”, advirtió.
En el puente, mientras tanto, nadie habla de cifras ni de discursos oficiales. Allí mandan los rostros, las fotos gastadas y los nombres repetidos como plegarias. Entre controles, miradas desconfiadas y un miedo que no desaparece, las familias esperan. No saben si mañana, la semana próxima o dentro de meses. Pero por primera vez en años, la esperanza volvió a cruzar la frontera.
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