Por Periodistas en Red/ EDUARDO MÉRICA para PERIODISTAS EN RED.

Hay noticias que no solo informan, sino que decretan el cierre de una época. Este viernes 20 de marzo de 2026, el periodismo del Río de la Plata ha perdido su adjetivación más precisa, su pausa más elegante y su anecdotario más profundo. A los 85 años, en la ciudad de Buenos Aires, falleció Ernesto Cherquis Bialo.

Uruguayo de nacimiento (Montevideo, 1940) y porteño por prepotencia de trabajo y destino, Cherquis fue mucho más que un periodista; fue el puente de oro entre el deporte y la literatura popular. Para quienes crecimos esperando cada martes el aroma a tinta fresca de la revista El Gráfico, su partida es un desgarro personal.

El Alumno de «Robinson»

Muchos de nosotros, los que hoy recorremos las canchas del interior de Uruguay, le debemos la vocación a esas páginas. Cherquis, bajo el seudónimo de «Robinson» (en honor a su admirado Sugar Ray), nos enseñó que el periodismo no era «el dato burocrático», sino la historia humana.

Aquellos que esperábamos ansiosos en los quioscos del centro de Montevideo la llegada de la revista, encontramos en su pluma el aliento para abrazar esta profesión. Él nos demostró que se podía escribir de boxeo con la sensibilidad de un poeta y de fútbol con la rigurosidad de un estratega.

La Médula que se Hizo Historia

Su batalla final fue contra la leucemia. En 2025, un milagro médico lo devolvió al ruedo tras un diagnóstico terminal. Él mismo relató con su voz inconfundible cómo la muerte le había pedido que «firmara los papeles y se despidiera». Pero Cherquis, guapo como su amigo Ringo Bonavena, dio un round más.

«Tuve un enfriamiento que se convirtió en neumonía bilateral… mi médula dejó de funcionar y el organismo reaccionó con una leucemia», contó con la frialdad de quien narra un combate ajeno. Esta vez, sin embargo, el milagro no se repitió.

Un Legado Transatlántico

Desde su debut como pasante en Clarín en 1962, hasta su dirección en El Gráfico (1982-1990) y su reciente etapa en Infobae, Cherquis cubrió todo:

Pero si hay un texto que define su alma, es el de la noche de Ali-Bonavena en el Madison Square Garden. Cherquis cargó a un Ringo derrotado y sangrante por la nieve de Nueva York, mientras el boxeador solo preguntaba: «Guapié, ¿no?». Esa capacidad de captar la dignidad en la derrota fue lo que hizo a Cherquis un gigante.

El Final de la Era Gráfica

Con su muerte, se apaga la última gran luz de la generación de oro: la de Borocotó, Panzeri y Ardizzone. Se va el hombre que escribió «Yo soy el Diego de la gente» junto a Daniel Arcucci, el tanguero de El Viejo Almacén, el fana de San Lorenzo y el hijo de inmigrantes polacos que nació en Montevideo para conquistar el mundo con una máquina de escribir.

Desde Periodistas en Red, saludamos al Maestro. A aquel que nos hizo periodistas antes de que supiéramos qué significaba la palabra.

Salud, Robinson. Aquella noche, y todas estas décadas, fuiste más grande que nunca.

CARTA ABIERTA: SANTA FE, CALLAO Y EL MAESTRO QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR

Querido Ernesto:

Hoy te escribo desde esta orilla, la misma que te vio nacer un septiembre de 1940, pero con el nudo en la garganta de quien despide a un faro. Dicen los cables que te fuiste este viernes, que la leucemia te ganó el último round, pero quienes nos formamos con tu pluma sabemos que los hombres de tu raza nunca terminan de irse del todo.

Te escribo para agradecerte. Porque antes de ser colegas, fuiste mi escuela. Recuerdo la ansiedad de caminar hacia los kioscos del centro de Montevideo, esperando que llegara El Gráfico. No buscábamos resultados; buscábamos tus historias. Queríamos saber cómo habías visto a Ali, cómo habías sentido a Monzón, cómo habías descifrado a Diego. Con vos aprendimos que para que la gente nos lea y nos entienda, primero hay que sentir el barro y el sudor de la profesión. Nos enseñaste a escribir «de raza».

Pero hay un recuerdo que guardo bajo llave y que hoy decido compartir. Año 1995. Buenos Aires era el epicentro de todo y vos, generoso como solo los grandes pueden serlo, gestionaste mi llegada a aquellas oficinas en la esquina de Santa Fe y Callao. Casi nos quedamos ahí, trabajando en aquella colección del deporte argentino, bajo tu ala, en el corazón mismo del periodismo que admirábamos.

Esa gestión tuya no fue solo un trámite; fue un espaldarazo. Fue decirme: «Pibe, vos podés contar estas historias». Al final, el destino quiso que mi trinchera fuera el interior de nuestro Uruguay, pero me traje conmigo cada lección aprendida en esas charlas, cada pausa y cada adjetivo que me confiaste.

Hoy, desde Periodistas en Red, seguimos aplicando esa «escuela Cherquis»: la de privilegiar lo humano por sobre lo burocrático, la de no ser simples transcriptores de datos, sino cronistas de la vida.

Gracias por Robinson, gracias por las noches del Luna Park y gracias por aquella oportunidad en Santa Fe y Callao que me cambió la forma de ver este oficio. El periodismo gráfico hoy se queda un poco huérfano, pero aquí quedan tus «hijos de tinta» para que la historia se siga contando con la misma pasión que vos nos legaste.

Buen viaje, Maestro. Nos vemos en el próximo cierre de edición.

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