Lo que a simple vista parece un balneario sereno, rodeado de bosques, dunas y playas abiertas al Atlántico, es hoy para muchos de sus habitantes un territorio marcado por la incertidumbre y el temor.
En La Esmeralda, departamento de Rocha, las denuncias por robos se multiplican y la sensación de inseguridad crece a un ritmo alarmante, al punto de que los vecinos ya no hablan de hechos aislados, sino de una verdadera ola delictiva sostenida en el tiempo.
Según relataron residentes del balneario, los robos se repiten prácticamente a diario y afectan a distintos puntos de la localidad. Casas vaciadas por completo, comercios saqueados, obras en construcción desmanteladas, vehículos hurtados y hasta la tala de árboles en predios privados conforman una lista que no deja de engrosarse. “No dejaron nada, se llevaron hasta el lampazo y las bombitas de luz”, contó una vecina, reflejando con crudeza el nivel de despojo que se vive.
En muchos casos, los delincuentes se llevan muebles, electrodomésticos, sanitarios, puertas, vidrios y materiales de construcción, incluso de viviendas que estaban a punto de ser finalizadas. También se denunciaron robos de herramientas, dinero en efectivo y la sustracción de vehículos, aprovechando momentos de vulnerabilidad, como cuando los propietarios se trasladan hasta la ruta para tomar transporte.


Las cámaras de seguridad privadas aportan un dato inquietante: personas recorriendo terrenos, observando viviendas y retirándose al advertir que están siendo filmadas. Para los vecinos, estas imágenes refuerzan una percepción cada vez más extendida: la de la impunidad. La ausencia de respuestas eficaces alimenta la sensación de que La Esmeralda quedó librada a su suerte.
El clima social es de indignación, cansancio y miedo. En los grupos vecinales, los mensajes de alerta por nuevos robos se repiten día tras día. Algunos residentes aseguran que los delitos ocurren incluso con personas dentro de las viviendas, mientras duermen, un dato que profundiza la angustia y la sensación de vulnerabilidad. Ante la falta de soluciones, varios vecinos comenzaron a salir de noche con linternas o luces de celular para intentar disuadir a los delincuentes, exponiendo su propia integridad física en una especie de patrullaje improvisado.
Desde el punto de vista institucional, la respuesta es mínima. En La Esmeralda funciona un destacamento policial con un solo funcionario, que por normativa no puede abandonar el lugar para realizar patrullajes. Los recorridos policiales son esporádicos y no existe un control sostenido de accesos, pese a que el ingreso al balneario cuenta con cámaras instaladas en la rotonda de acceso. Para los vecinos, ese control resulta insuficiente y meramente testimonial.
Ubicada en el kilómetro 280.500 de la ruta 9, entre Castillos y Punta del Diablo, La Esmeralda mantiene hacia afuera su imagen de balneario natural, atractivo y tranquilo. Sin embargo, detrás de esa postal turística, sus habitantes sienten que viven en una “tierra de nadie”, donde la presencia del Estado es débil y la protección escasa.
Durante el invierno residen en el balneario más de 400 personas, cifra que crece de forma considerable en temporada alta con la llegada de turistas. Aun así, los reclamos no se limitan únicamente a la seguridad: los vecinos también exigen mejor iluminación, mayor mantenimiento y una presencia real y constante del Estado que acompañe el crecimiento de la localidad.
“La Esmeralda no pide privilegios”, repiten con firmeza. “Pide algo básico: no vivir con miedo”. Una frase sencilla, pero cargada de urgencia, que resume el sentir de una comunidad que hoy ve amenazada su tranquilidad y reclama respuestas antes de que la inseguridad termine de borrar la esencia del balneario.
Fuente: INF Central
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