La Casona de Gorlero: memoria en venta en el corazón de Maldonado

La esquina respira historia, pero el ruido que hoy la rodea no es el de carruajes ni el murmullo del patio embaldosado: es el eco de una posible demolición. La Casona de Gorlero, con su inconfundible altillo–mirador asomando sobre 18 de Julio y Treinta y Tres, podría desaparecer para dar lugar a un edificio de varias plantas. Y con ella, una parte sustancial de la memoria edilicia de Maldonado.

Desde noviembre de 2021, la Comisión Departamental de Patrimonio y ediles de la Junta han intentado —sin éxito— incorporarla a la lista de bienes protegidos. El Ejecutivo Departamental no ha dado el paso político necesario. Mientras tanto, la propiedad fue vendida y el nuevo dueño proyecta demoler lo que queda de una de las escasas construcciones de la primera mitad del siglo XIX que aún sobreviven en la ciudad.

La historia de la casona es también la historia de Maldonado. Fue levantada no más allá de la década de 1830 por Domingo (Doménico) Gorlero Vincenzo, genovés nacido hacia 1782-83 en Diazzo. Ex capitán de la marina mercante del Reino de Cerdeña, llegó al Río de la Plata en tiempos convulsos, huyendo —como otros connacionales— de la represión antiliberal posterior al Congreso de Viena. Se instaló en Maldonado hacia la década de 1820, donde ya en 1829 figura con un comercio de cafetería. Ese mismo año fue proveedor en la conmemoración del 25 de Mayo organizada por el alcalde Francisco Aguilar.

Gorlero no fue un vecino más. Comerciante, vinculado a redes portuarias y masónicas, su nombre aparece en expedientes de 1834 como introductor clandestino de esclavos en el navío “Toscano”. En 1837 recaló en la bahía José Garibaldi, entonces corsario de la República Riograndense, en la zumaca “Luisa”, en un episodio que mezcla comercio, política y tensiones diplomáticas. Su vida, atravesada por las mareas del Atlántico y las luchas ideológicas del siglo XIX, terminó en Maldonado en 1852.

La casa que levantó ocupaba media manzana hasta la actual José Dodera. Su frente principal sobre 18 de Julio tenía puerta central, tres ventanas y un altillo. Desde el zaguán se accedía a un patio embaldosado con mármoles blancos y negros traídos como lastre en barcos europeos. Las dependencias de servicio daban a Treinta y Tres; la quinta, cercada por tapia revocada, tenía un portón de hierro flanqueado por pilares que el pintor Badín inmortalizó en un lienzo hoy conservado en el Museo Mazzoni. Manzanos y frutales completaban la escena.

Con el tiempo, la propiedad pasó a manos de Manuel Gorlero, empresario y fundador de la “Compañía de Salvatajes y Navegación del Este”, impulsor del progreso agrícola y forestal del departamento. La saga familiar continuó con Juan Bautista Florentino Gorlero, primer intendente municipal de Maldonado entre 1909 y 1913, constructor del camino Maldonado–Punta del Este y forestador de la isla Gorriti. El apellido, íntimamente ligado al desarrollo regional, da nombre a la principal avenida de Punta del Este.

La casona fue ampliada entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Fotografías de 1896 y de la década de 1930 registran las modificaciones. En los años 60, la quinta fue fraccionada y la portada original demolida. Hoy, los números 659 y 663 conservan vestigios de la construcción original; el 671 responde a la ampliación posterior; el 673 era la entrada de carruajes. Solo el 659 mantiene la balaustrada que corona su fachada en antiguas imágenes.

Su eventual demolición no sería un hecho aislado. La residencia de Elvira Correa de Marini, sobre Dodera, ya fue parcialmente rodeada por apartamentos que alteraron el paisaje. La Casa del Comodoro Manuel Gorlero también cedió ante la presión inmobiliaria. El patrón se repite: el casco histórico pierde piezas y gana altura, densidad y problemas de circulación.

El debate excede a un inmueble. ¿Qué identidad urbana quiere Maldonado? Más allá de la Catedral, el Cuartel de Dragones parcialmente reconstruido, la Torre del Vigía o el Museo Mazzoni, el casco histórico ofrece cada vez menos referencias tangibles de su pasado. Si el patrimonio residencial desaparece, ¿qué quedará para narrar la historia local a vecinos y visitantes?

La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿billetera matará nuevamente al patrimonio? El actual intendente, nacido en Maldonado —algo que no ocurría desde la época de Gilberto Acosta Arteta— enfrenta una decisión simbólica. Proteger la casona implicaría un gesto de afirmación identitaria frente a los intereses inmobiliarios; permitir su demolición confirmaría una tendencia que muchos consideran “historicida”.

La Casona de Gorlero no es solo ladrillo y cal. Es testigo de inmigraciones, corsarios, intendentes pioneros y quintas con frutales. Es parte de un paisaje que todavía conserva cierta armonía decimonónica. Su posible desaparición no sería únicamente una obra más en el centro: sería otra página arrancada del libro urbano de Maldonado.

Y esa pérdida, una vez consumada, no admite reconstrucción.

Fuente: Correo Punta del Este

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