“El Salteño”: cuando la ciudad empezó a contarse a sí misma
El primer periódico impreso en el Salto Oriental no fue solo una hoja de noticias: fue un acto de afirmación. “El Salteño”, nacido en una villa joven, fronteriza y en permanente construcción, vino a poner palabras impresas a una comunidad que hasta entonces se explicaba más por la acción que por el relato.
Con noticias sorprendentes para la época y una mirada atenta sobre la vida local, aquel periódico inaugural fue también un espejo de la compleja trama humana que daba forma a Salto, en pleno litoral uruguayo.
Antes de que la ciudad se pensara como tal, ya se estaba formando en la convivencia diaria de gentes diversas, empujadas por la necesidad, la guerra, el trabajo y la esperanza. Y fue esa realidad múltiple la que “El Salteño” comenzó a registrar.


Una villa hecha de pasos y llegadas
No hacía falta citar —como bien señalaban los cronistas— a las primeras familias que habían dado forma al poblado inicial erigido en tiempos del mariscal José Joaquín de Viana. Lo verdaderamente revelador era observar a quienes fueron llegando después, moldeando el pulso cotidiano del pueblo.
Indios que se acercaban lentamente, doblegando una altivez ancestral por la urgencia del hambre, ofreciendo trabajos simples a cambio de comida. Hombres y mujeres que, sin dejar de ser lo que eran, aprendían a sobrevivir en una nueva lógica social. Junto a ellos, el hacendado riograndense, expulsado o empujado por las luchas emancipadoras del sur del Brasil, cruzaba la frontera como quien atraviesa una puerta abierta dentro de su propia casa. Tomaba tierras, recogía ganado disperso en las cuchillas y levantaba su fortuna en una región donde todo estaba aún por definirse.
La Villa del Salto era la recalada obligada de esos estancieros. Allí establecían su domicilio temporal, abastecían sus estancias y participaban de la vida social. Con ellos llegaron familias enteras de negros esclavos, que durante décadas conservaron el temor al patrón y una lengua atravesada por recuerdos africanos y acentos portugueses. Hasta bien entrado el siglo XIX, esas voces y gestos formaron parte del paisaje humano de Salto.
Frontera tenue, pasiones intensas
La frontera uruguayo-brasileña era una línea tenue, apenas simbólica. Se cruzaba lentamente para establecerse, pero también se atravesaba a toda prisa cuando los caudillos debían salvar la vida, huir de una derrota o preparar un nuevo alzamiento. Las urnas aún no gobernaban los destinos; lo hacía la lanza, el fusil, la fuerza que pretendía imponer razones en un país que todavía se estaba inventando.
En ese contexto, “El Salteño” cumplía una función decisiva: ordenar el rumor, fijar la memoria, narrar los hechos para una comunidad que necesitaba entenderse a sí misma en medio de la inestabilidad.

Inmigrantes y oficios: el corazón del pueblo
Pero si algo distinguió a Salto en su formación fue la fuerza de los inmigrantes y sus oficios. Españoles que seguían llegando —y los descendientes de los que habían llegado antes— convivían con una inmigración italiana que dejó una huella profunda. Los italianos arribaban con herramientas en las manos y saberes en la cabeza: artesanos de todos los oficios, pequeños industriales, músicos, pintores y agricultores que comenzaron a trabajar la tierra virgen en la estrecha cintura de la joven ciudad.
A ellos se sumaron franceses, muchas veces boticarios o médicos, a veces agricultores, y también intelectuales. Los españoles aportaron tipógrafos, redactores de periódicos, poetas, escritores y comerciantes. No es casual que la prensa temprana de Salto tuviera acento español: la lengua era común, la herencia compartida.
Los vascos fueron otro pilar silencioso pero decisivo, mientras que los llamados “turcos” —procedieran de Turquía, Siria, Egipto o Arabia— llegaron con su canasta o su baúl de baratijas. Empezaban como vendedores ambulantes, luego compraban un caballo, más tarde un carrito y finalmente levantaban un almacén de ramos generales, casi siempre con despacho de bebidas. Una vez establecidos, rara vez se iban: una criolla enlazaba su vida y los convertía definitivamente en salteños.
El italiano solía casarse con una paisana o una hija de paisanos; el español seguía un camino similar, aunque con menor frecuencia. Todos, sin excepción, terminaban integrándose. Salto no expulsaba: absorbía.
El río Uruguay, una calle ancha
Entre esta orilla y la otra siempre hubo un río: el Uruguay. Pero no era una barrera. Era una calle ancha que se cruzaba en bote. Familias iban y venían; hombres buscaban refugio de este lado cuando fracasaba una intentona revolucionaria del otro, y viceversa. No había trámites, ni revisaciones, ni papeles. Eso vendría mucho después, cuando el siglo ya hubiera avanzado.
El río se vigilaba apenas para detectar preparativos de invasiones partidarias. Por lo demás, nada detenía el tránsito. Concordia y Salto se miraban como vecinas, no como extranjeras.
La palabra impresa como cimiento
En ese entramado humano nació “El Salteño”, el primer periódico impreso del Salto Oriental. Su aparición marcó un antes y un después: la ciudad comenzó a leerse a sí misma. Las noticias sorprendentes no solo informaban; construían identidad. Daban nombre a los hechos, registraban los oficios, reflejaban las pasiones políticas y acompañaban el lento proceso de formación de una nacionalidad todavía en ciernes.
El pueblo ya tenía su constituyente humano. La prensa le dio voz. A partir de allí, los hombres que vivirían, lucharían y morirían como salteños —o que se integrarían sin obstáculos a la villa— encontraron en el papel impreso un lugar donde reconocerse.
Las pasiones políticas arrastrarían a criollos e inmigrantes por igual. Unos aportarían su amor visceral a la patria; otros, el amor al trabajo, a las artes, a la tierra que germina la semilla y a las ideas nuevas que, desde Europa, hacían tambalear viejos tronos.
“El Salteño” fue testigo y protagonista de ese crisol. No solo contó la historia de la ciudad: ayudó a crearla.
