Lo que debía ser una instancia de diálogo, debate democrático y construcción colectiva para el futuro del fútbol del interior terminó convirtiéndose en uno de los episodios más vergonzosos y violentos en la historia de la Organización del Fútbol del Interior. Bella Unión, sede del 79° Congreso de OFI, fue escenario no solo de discusiones políticas y definiciones electorales, sino también de una pelea a golpes de puño entre dos dirigentes de «primer nivel» que dejó al descubierto una crisis profunda de convivencia dirigencial.

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La noche previa al Congreso fue el punto de quiebre. En medio de la reunión de la Confederación del Litoral, cuando aún se debatían posturas y alineamientos de cara a las próximas elecciones de OFI, la tensión fue escalando hasta desbordarse por completo. Las diferencias, lejos de resolverse con argumentos, derivaron en violencia física: Jorge Vezoli, presidente del Sector Artigas Interior, y Rubén Martínez, presidente de la Liga Regional de Fútbol de Bella Unión y anfitrión del evento, se trenzaron en una pelea a golpes de puño ante la sorpresa y el estupor de los presentes.

El revuelo fue inmediato. Gritos, forcejeos, intentos desesperados por separar a los protagonistas y un clima irrespirable marcaron una noche que quedará grabada como una de las más oscuras de la OFI. El escándalo fue tal que uno de los involucrados terminó detenido por la Policía, mientras que el otro debió ser trasladado a un centro de salud, cerrando un episodio bochornoso que rápidamente se propagó por todo el país futbolero.

La pelea se dio en un contexto particularmente sensible. El Litoral venía de recibir a Gustavo Bares, uno de los candidatos a la presidencia de OFI, y se aprestaba a escuchar a otro aspirante, Javier Pintos. Además, se había resuelto candidatear al mercedario Pablo Marrero, lo que evidenciaba que el Congreso ya se vivía como una elección anticipada. En ese marco, las disputas de poder, los alineamientos sectoriales y las ambiciones personales terminaron explotando de la peor manera posible.

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La reacción del Ejecutivo de OFI no se hizo esperar. Ya con el Congreso en marcha y con el escándalo aún fresco, el presidente Sebastián Sosa tomó la palabra y condenó con dureza los hechos. En un mensaje claro y contundente, afirmó que la violencia es absolutamente incompatible con los valores que debe representar la Organización.

“Hoy estamos reunidos en este Congreso que debería ser símbolo de diálogo, cooperación y respeto. No podemos dejar pasar por alto una realidad intolerable: la violencia. La misma no puede tener cabida en el seno de nuestra Organización”, expresó Sosa, visiblemente molesto por lo ocurrido.

El presidente de OFI anunció una serie de medidas inmediatas: el repudio absoluto a los hechos, la conformación de una comisión investigadora con rigor para determinar responsabilidades y sanciones, la colaboración con las autoridades y la implementación de mecanismos preventivos para evitar que episodios similares vuelvan a repetirse. Pero, por sobre todo, hizo un llamado urgente a la unidad, advirtiendo que el Congreso no podía ni debía quedar manchado por disputas personales y reacciones inadmisibles desde quienes tienen la responsabilidad de conducir el fútbol del interior.

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“No permitiremos que se convierta nuestro Congreso en escenario de violencia impune”, sentenció Sosa, prometiendo que en poco tiempo se darán a conocer los resultados de la investigación y las sanciones correspondientes.

Mientras tanto, el Congreso continuó, aunque con un clima enrarecido y con la sensación de que lo institucional había quedado seriamente golpeado. Incluso las definiciones políticas posteriores —como la elección de Durazno como sede del Congreso Elector que coincidirá con los 80 años de OFI— quedaron inevitablemente opacadas por el escándalo de las piñas.

Lo ocurrido en Bella Unión no fue un hecho menor ni aislado. Fue una señal de alarma. Un espejo incómodo que mostró hasta qué punto la dirigencia puede perder el rumbo cuando la intolerancia, el personalismo y la falta de autocontrol se imponen sobre el respeto y la responsabilidad. El Congreso más violento de la historia de OFI dejó una herida abierta que exigirá algo más que comunicados y sanciones: requerirá una profunda reflexión sobre el modelo de conducción y los valores que se quieren defender en el fútbol del interior. Porque cuando los dirigentes se agarran a las piñas, el que pierde no es un sector ni un candidato: pierde todo el fútbol.

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