Hoy, el San Felipe ya no existe; fue «desteatralizado» definitivamente en 1907. Sin embargo, su memoria permanece como el primer peldaño de nuestra cultura. Como bien se ha propuesto alguna vez, ese predio merece una placa que grite al caminante: «Aquí nació nuestra inquietud teatral».

Para entender la historia del teatro en Montevideo, hay que mirar hacia un predio que hoy ocupa el Ministerio de Instrucción Pública. Durante más de un siglo, ese suelo no supo de expedientes ni burocracia, sino del eco de los aplausos, el aroma a aceite de las lámparas y el murmullo de las «cazueleras». Allí nació nuestra inquietud teatral.

TOURuruguay/Desde la frontera Rivera Livramento EDUARDO MÉRICA para PERIODISTAS EN RED.

Los Tres Puntos de Partida

Antes de sumergirnos en el polvo del escenario, hay que aclarar la naturaleza de su nombre. Cuando en abril de 1855 el diario El Comercio del Plata oficializó la denominación de Teatro de San Felipe y Santiago, no estaba anunciando un edificio nuevo. Se trataba, en realidad, de una «lavada de cara»: reformas e higienización de una estructura ya veterana. El nombre, aunque pomposo, respondía a una devoción popular por los santos patronos de la ciudad, pero la síntesis criolla —y el ingenio de Acuña de Figueroa— terminaron por podar el título hasta dejarlo simplemente en el Teatro San Felipe.

De la «Casa de Comedias» al «Teatro del Comercio»

La historia comienza mucho antes, en 1793, con la llegada de un curioso personaje luso: don Manuel Cipriano de Melo. Él instaló allí la venerable Casa de Comedias, con entrada por la actual calle 1º de Mayo. Aquel barracón fue el epicentro de la cultura heroica; sobrevivió a las invasiones inglesas, a la independencia y a la Guerra Grande. Era el único sitio donde la ciudad podía mirarse al espejo, compitiendo apenas con circos de volatineros o pequeños teatritos extranjeros.

Tras la muerte de Melo en 1813 y un sinfín de pleitos, el Estado tomó posesión del bien a través de la Hermandad de Caridad. Sin embargo, las penurias de la guerra obligaron a Joaquín Suárez a vender el inmueble. Fue así como, el 28 de marzo de 1843, el predio pasó a manos de don Joao da Silva Figueira por la suma de 10.000 pesos plata. Figueira le quitó los mástiles que le daban aspecto de fragata y lo rebautizó como Teatro del Comercio.

El Patriarca de la Escena: Don Joao

Don Joao no era un hombre común. Natural de Madeira, alto y de barba «estilo corbata», era un próspero importador de vinos y azúcar que encontró en el teatro su pasión y su negocio. Daniel Muñoz, el famoso «Sansón Carrasco», lo recordaba siempre:

«Perpetuamente clavado en su palco doble, grave y tieso… con un anteojo monstruo a guisa de cañón que asestaba de vez en cuando a la cazuela, como quien apunta a una pieza de caza».

Figueira era un hombre de roble; montaba un caballo blanco con elegancia hasta que una caída lo bajó para siempre del estribo, aunque nunca de su palco. Vivió hasta los 105 años, dejando el teatro en manos de su sobrino, Juan Henríquez Figueira (padre del célebre pedagogo José H. Figueira).

La Lucha contra el Tiempo y el Gigante Solís

A mediados del siglo XIX, la salita sufría los achaques del tiempo. La prensa reclamaba aseo y mejor iluminación. Figueira intentó modernizarlo contratando un nuevo telón de boca, pero la obra resultó tan grotesca —con ángeles «patudos» y ninfas que parecían verduleras— que el poeta Acuña de Figueroa le dedicó sátiras feroces al grito de: «¡Afuera el telón!».

En 1855, la sombra del flamante Teatro Solís comenzó a proyectarse sobre la pequeña sala. Ante la competencia del coloso de mármol, don Joao jugó su última carta: derribó el frente, puso un balcón para desahogar a la concurrencia y oficializó el nombre de San Felipe y Santiago. Aunque el pintor Casanova intentó darle un aire gótico que no terminó de cuajar, el teatro resistió.

Hubo una fidelidad casi política en su público. Existieron montevideanos tan fanáticos de la vieja sala que, por pura «tozudez burguesa», se negaron a pisar el Solís, manteniéndose fieles a la madera y la historia del San Felipe.


🎭 El Teatro San Felipe: Cuna de la Inquietud Teatral

Antes del Solís, la verdad se contaba en estas tablas.


📍 El Origen de una Pasión

Mucho antes de que el mármol del Teatro Solís dominara la Ciudad Vieja, Montevideo ya tenía un pulso escénico propio. El predio que hoy ocupa el Ministerio de Educación y Cultura fue, durante 114 años, el corazón del espectáculo capitalino.


🏛️ Un Escenario de Posguerra y Identidad

En 1852, mientras la República intentaba sanar las heridas de la Guerra Grande, el San Felipe se convirtió en el termómetro social de la época.


⚔️ San Felipe vs. Solís: El Duelo Cultural

A menudo eclipsado por la majestuosidad del Teatro Solís (proyectado en 1840 e inaugurado en 1856), el San Felipe representaba:

  1. La Tradición: El público fiel que se negaba a «mudarse» al nuevo coloso por pura lealtad burguesa.
  2. La Cercanía: Una sala más modesta pero vibrante, donde el aplauso se daba «a bastonazos».
  3. La Evolución: De un barracón con aspecto de fragata a una sala con pretensiones góticas.

🖋️ Nuestro Compromiso con la Memoria

Desde Periodistas en Red, rescatamos esta historia porque entender de dónde venimos es la única forma de proyectar hacia dónde vamos.

«Aquí nació nuestra inquietud teatral»

El San Felipe no fue solo un edificio; fue el primer espacio donde los uruguayos nos vimos reflejados, criticados y unidos por el arte.


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Fuente: Biblioteca Nacional

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