¿La televisión se está volviendo más estúpida? La pregunta ya no suena provocadora ni exagerada: empieza a sonar descriptiva. En la industria del entretenimiento contemporáneo, la distracción dejó de ser un problema a resolver para convertirse en un modelo de negocio. La caída de la atención ya no se combate: se capitaliza.
La escena que lo confirma parece escrita por un guionista cínico. Ben Affleck y Matt Damon, en plena gira promocional de su nueva película para Netflix, The Rip, dijeron en voz alta lo que muchos sospechaban. Damon lo resumió con una broma incómoda: a los creadores se les sugiere repetir la trama “tres o cuatro veces” en los diálogos, porque el espectador está mirando el celular mientras mira la serie. Affleck fue más lejos: eso, directamente, “va a empezar a vulnerar la posibilidad de contar historias”.


No es una revelación escandalosa. Es la constatación de algo que cualquiera percibe con solo sentarse frente a la pantalla. Diálogos redundantes, exposiciones torpes, personajes que explican lo que ya vimos hace cinco minutos. No ocurre solo en producciones menores: también aparece en los grandes éxitos del streaming, desde Stranger Things hasta Wednesday, pasando por adaptaciones recientes como Run Away. No todo responde a una conspiración consciente, pero los patrones se repiten con una regularidad inquietante.
El resultado es una televisión condescendiente, diseñada para no exigir nada. Para quien realmente quiere mirar —no “consumir contenido” de fondo mientras scrollea—, la experiencia se vuelve tediosa. La repetición innecesaria no aclara: embota.
No es la primera vez, pero sí es distinto
Sería injusto decir que la televisión nunca fue así. Antes del streaming, los programas también debían contemplar al espectador distraído o al que llegaba tarde. Las pausas publicitarias obligaban a recapitulaciones burdas. La diferencia es que los grandes programas de otras épocas encontraban formas inteligentes de hacerlo. Recordatorios integrados al humor, a la ironía, incluso a la autocrítica. Como aquel episodio de Los Simpson en el que Homero resume la situación tras la publicidad y Bart lo frena con una frase demoledora: “Qué cosas más raras dices”.
Hoy, en cambio, la reiteración no se disfraza: se impone.
Pero el problema va más allá de la repetición. La televisión, como forma artística, parece haber renunciado a empujar sus propios límites. Basta recordar The Wire (Los vigilantes), la obra monumental de David Simon: compleja, coral, política, profundamente literaria. Aclamada de manera casi unánime, pero paradójicamente poco influyente. Como si el sistema hubiera decidido que aquello fue una excepción irrepetible, no un camino a seguir.
Del riesgo narrativo al meme
Lo mismo puede decirse de Los Soprano, Deadwood o Mad Men. Series que confiaban en la inteligencia del espectador y le exigían atención, memoria, interpretación. Un episodio de Los Soprano entrelazaba tramas con una sofisticación que hoy parece impensable en la televisión masiva.
Incluso la mejor televisión reciente —Succession, por ejemplo—, aun siendo brillante, juega otra partida. Es filosa, divertida, magistralmente actuada, pero su estructura es más simple, sus significados más explícitos. Siempre hay un ojo puesto en la conversación digital. La serie no solo se escribe para la pantalla: se escribe para X, TikTok y los memes.
Los personajes terminan condensados en recortes virales. Shiv no es solo un estudio devastador de poder y fragilidad: es “el traje”. Tom y Greg no son solo una disección de clase y dependencia: son un “supercorte” listo para circular. La televisión ya no aspira solo a ser buena: aspira a ser compartible.
Cuando la “caja tonta” era más lista
La ironía es brutal. Incluso cuando la televisión cargaba con el estigma de “caja tonta”, muchos programas asumían un mayor nivel cultural del público. En Cheers, una comedia popular y liviana, aparecían referencias a Bergman, Mahler o novelistas rusos. No porque todos debieran entenderlas, sino porque la televisión no tenía miedo de mirar hacia afuera.
Hoy, en nombre de la accesibilidad, la industria parece haber decidido no incomodar a nadie. Ni al espectador distraído, ni al que no sabe quién fue Carl Jung, ni al que solo busca ruido de fondo. El resultado es un arte cada vez más insular, que se explica a sí mismo, que no dialoga con nada más amplio que el algoritmo.
Es cierto: la monocultura se fragmentó. Ya no existe un banco común de referencias compartidas. Pero esa explicación es solo parcial. El problema no es la diversidad del público; es la falta de ambición de quienes producen.
Excepciones que todavía importan
Aun así, no todo está perdido. Affleck y Damon mencionaron Adolescencia como una excepción dentro de Netflix. Y en el último tiempo aparecieron series como Pluribus o La silla, pensadas para ser vistas con atención, no toleradas a medias.
Son pruebas de algo esencial: la televisión no tiene por qué ser estúpida. No hay beneficio real, a largo plazo, en producir contenidos diseñados para desinteresados crónicos. La distracción puede inflar métricas, pero no construye legado.
La televisión todavía puede ser un espacio de inteligencia, riesgo y complejidad. La pregunta no es si el público está preparado. La pregunta es si la industria volverá a creer que vale la pena contar historias que exijan ser miradas.
Fuente: independentespanol
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