La historia de la ciudad de Salto no comienza con un acta fundacional solemne ni con el trazo definitivo de una plaza mayor, sino con una sucesión de presencias transitorias, desplazamientos forzados y campamentos militares que, poco a poco, fueron sedimentando hasta dar forma a un asentamiento estable.

Eduardo Mérica – Periodista en Red

Salto nació del movimiento, del cruce y de la frontera; de la lógica del río Uruguay como vía de comunicación, defensa y comercio, y de los vaivenes políticos que marcaron al litoral rioplatense entre fines del siglo XVIII y la primera mitad del XIX.

Del fuerte español al puerto del Salto Chico

Los primeros antecedentes del Salto Oriental se remontan al Transitorio Fuerte Español, instalado en la región como punto de control estratégico. Más tarde, ese fuerte devino en establecimiento portuario, ligado a la navegación y al comercio fluvial. Sin embargo, los acontecimientos políticos de la época —en particular la expulsión de la Compañía de Jesús— provocaron un traslado sin solución de continuidad del núcleo poblacional a la orilla occidental del río Uruguay, donde se formó San Antonio del Salto Chico, hoy territorio argentino.

Ese desplazamiento dejó la margen oriental momentáneamente despoblada en términos urbanos, aunque nunca vacía de vida. El territorio seguía siendo transitado por indígenas, arrieros, soldados y comerciantes, que reconocían en el lugar un punto natural de paso y refugio.

Campamentos y nacimientos precarios

El Salto Oriental, tal como lo conocemos, recién comenzaría a perfilarse como centro con características urbanas entre 1821 y 1824, al amparo de un campamento militar luso-brasileño, instalado durante el período de la dominación cisplatina. No obstante, existen indicios de un campamento anterior, hacia 1817, vinculado también a movimientos militares portugueses en la región.

Los testimonios indígenas ofrecen una mirada directa y humana sobre ese tiempo de precariedad y tránsito. La anciana charrúa Isabel Barú recordaba que en 1817, cuando los portugueses establecieron su campamento, no existía población alguna en forma permanente:

“Nos quedamos las mujeres de los soldados en ranchitos diseminados por las cercanías del puerto y del arroyo Ceibal”.

Ese relato revela un poblamiento frágil, disperso y ligado exclusivamente a la presencia militar. No había todavía ciudad, ni pueblo; apenas ranchos, carpas y la lógica del campamento.

El rancherío que anunciaba la ciudad

Años más tarde, la memoria de Doña Juana de Itaquí, una vieja india misionera, aportó otro testimonio clave. En conversación con Crisanto López, cura párroco, señaló que en 1829 Salto contaba apenas con:

“cuatro casas de azotea y lo demás era rancherío de palo a pique”.

La imagen es elocuente: unas pocas construcciones más sólidas emergiendo entre un mar de viviendas precarias, hechas con los materiales disponibles y levantadas con urgencia. Era el germen de la ciudad futura, todavía lejos de consolidarse, pero ya reconocible como asentamiento permanente.

La mirada de un viajero europeo

El viajero francés Arsène Isabelle, testigo atento de la Banda Oriental, dejó una descripción que confirma y amplía esas percepciones. Al llegar a Salto, observó que no había más de cinco casas con azotea, mientras que el resto eran ranchos bien construidos y, en su mayoría, blanqueados exteriormente.

Isabelle se detuvo también en la precariedad de la infraestructura religiosa:

“La iglesia era un rancho… tan sólo se había alzado, a un costado de la entrada, un simulacro de campanario en forma de portal, en donde estaban suspendidas dos campanas de tamaño mediano”.

Sin embargo, su mirada no fue únicamente crítica. Destacó un rasgo que resultaría decisivo para el desarrollo urbano:

“Las calles, como en toda la Banda Oriental, están bien alineadas, flanqueadas por aceras y dirigidas hacia los cuatro puntos cardinales”.

Aunque muchas cuadras aún estaban vacías, esa regularidad en el trazado otorgaba al lugar la apariencia —y la promesa— de una pequeña ciudad en gestación.

El trazado y la voluntad de orden

Esa voluntad de orden comenzó a materializarse en 1824, cuando el agrimensor Juan Egaña delineó una plaza, fijó el ancho de las calles y definió el tiro de las manzanas. Ese mismo año, el 5 de febrero, en plena época del dominio brasileño, se certificó por primera vez la existencia del Pueblo del Salto, identificado en documentos como el Acampamento del Salto.

En torno a ese núcleo se movían abastecedores brasileños de tasajo, como Pedro Marote, Guillermo Ferreira de Abreó y Manuel Fialho, que proveían a los campamentos de San José y Salto, integrando la economía local a los circuitos regionales.

El proceso continuó con nuevos relevamientos: en 1834, el agrimensor José M. Pirán levantó el plano del ejido del Salto, y en 1842, G. F. Shuster realizó un nuevo plano, reflejando el crecimiento y la consolidación del asentamiento.

De pueblo a ciudad y cabecera departamental

El reconocimiento institucional llegó con la creación del Departamento del Salto Oriental, por ley del 17 de junio de 1837, cuando Salto dejó de depender del vasto departamento de Paysandú, que hasta entonces abarcaba todo el norte del Río Negro. En ese momento, el territorio incluía también al actual departamento de Artigas.

Los límites definitivos se fijaron recién el 20 de setiembre de 1884, con la creación del Departamento de Artigas, pero para entonces Salto ya se había afirmado como centro regional.

El punto culminante de ese proceso ocurrió el 8 de junio de 1863, cuando, por decreto del presidente Bernardo Prudencio Berro, la Villa del Salto fue elevada a la categoría de Ciudad. Aquella aldea de ranchos, campamentos y calles trazadas sobre el vacío se convertía, oficialmente, en ciudad.

Una ciudad nacida de la frontera

Los orígenes de Salto revelan una ciudad nacida sin solemnidades fundacionales, pero forjada en la experiencia de la frontera, la movilidad y la adaptación. Desde los campamentos militares hasta el trazado urbano, desde los ranchos de palo a pique hasta las primeras casas de azotea, Salto fue creciendo al ritmo del río y de la historia.

Esa condición fronteriza y dinámica marcaría para siempre su identidad: una ciudad abierta, acostumbrada al tránsito, al intercambio y al cambio, que supo transformarse, con el paso del tiempo, en uno de los centros más importantes del litoral uruguayo.

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