La historia de la prensa periódica del Uruguay entre 1852 y 1865 es, en buena medida, la historia viva de un país que buscaba afirmarse entre guerras civiles, motines, invasiones y epidemias. Si la obra monumental de Antonio Zinny, publicada en 1883 bajo el título Historia de la prensa periódica de la República Oriental del Uruguay. 1807-1852, dejó trazado el mapa fundacional de nuestros primeros periódicos, el período que se abre tras 1852 constituye una etapa tan intensa como decisiva, tanto en el plano político como en el desarrollo del periodismo nacional.
Zinny cerró su estudio en el año en que cayó el régimen de Juan Manuel de Rosas, hecho que alteró profundamente el equilibrio político del Río de la Plata. A partir de entonces, el Uruguay ingresó en una etapa convulsa que tuvo su correlato inmediato en la prensa. Los periódicos dejaron de ser únicamente órganos doctrinarios para convertirse, cada vez más, en tribunas combativas, voceros partidarios y, en no pocos casos, armas políticas.

AREA TOTAL/Desde la frontera Rivera Livramento EDUARDO MÉRICA para PERIODISTAS EN RED.
Un país en permanente agitación
El período comprendido entre 1852 y 1865 abarca una sucesión de gobiernos breves, conflictos internos y tensiones internacionales. La efímera administración de Juan Francisco Giró, el motín del 18 de julio de 1853, la formación del Triunvirato en setiembre de ese mismo año, las muertes de Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Rivera, la elección de Venancio Flores para completar el período presidencial y la posterior intervención brasileña marcaron una etapa de profunda inestabilidad.
Luego vendrían la presidencia interina de Manuel Basilio Bustamante y la revolución de los “conservadores” en 1855; el gobierno de Gabriel Antonio Pereira, bajo cuya administración Montevideo padeció la epidemia de fiebre amarilla y se produjo la llamada “Hecatombe de Quinteros” en 1858; la elección de Bernardo Prudencio Berro; la invasión de Flores en 1863; y la presidencia interina de Atanasio Cruz Aguirre, hasta el triunfo colorado y la caída del Partido Blanco en 1865.
Ese mismo año, ya con Flores en el poder, se firmó el Tratado de la Triple Alianza entre Uruguay, Brasil y Argentina, dando inicio a la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Todos estos acontecimientos tuvieron eco inmediato en las páginas de los diarios y periódicos del país.
La prensa como tribuna y campo de batalla
En esos años, la prensa periódica no fue un actor pasivo. Cada suceso político encontraba respuesta en editoriales ardientes, artículos doctrinarios, sátiras punzantes o proclamas encendidas. Los periódicos eran, muchas veces, órganos directos de los partidos tradicionales o de fracciones internas. No existía todavía una noción consolidada de “prensa independiente” en el sentido moderno: el periódico era parte activa del combate político.
Las imprentas funcionaban como verdaderos centros de agitación. Un diario podía nacer al calor de una candidatura, sostenerse mientras duraba un gobierno y desaparecer tras un golpe de Estado o una revolución. La vida de muchas publicaciones era breve, pero su influencia podía ser intensa. Cada título representaba una postura, un caudillo, una idea de país.
Montevideo concentraba la mayor parte de estas publicaciones, pero también en el interior comenzaban a surgir periódicos que reflejaban las realidades locales y las tensiones regionales. El crecimiento del número de títulos en estos tres lustros es notable, como lo evidencian las colecciones conservadas en la Biblioteca Nacional. La simple enumeración de nombres, redactores y lugares de aparición ya supone un trabajo voluminoso.
Documentos de una época turbulenta
La prensa de 1852 a 1865 constituye hoy una fuente documental insustituible. En sus páginas se registran no solo los grandes hechos políticos, sino también la vida cotidiana: avisos comerciales, debates sobre educación, crónicas sociales, noticias sobre epidemias, movimientos migratorios y actividades culturales.
Durante la epidemia de fiebre amarilla, por ejemplo, los periódicos informaban sobre el avance del mal, las medidas sanitarias y las cifras de víctimas, al tiempo que reflejaban el clima de temor que invadía la ciudad. En tiempos de guerra o revolución, publicaban partes militares, listas de caídos, proclamas y llamados a la movilización.
La “Hecatombe de Quinteros” fue relatada con tonos diversos según la filiación política de cada publicación. Para unos, fue un acto de justicia; para otros, una tragedia nacional. Así, la prensa no solo registraba los hechos: los interpretaba, los juzgaba y contribuía a moldear la memoria colectiva.
Continuidad y desafío historiográfico
El vacío dejado tras la obra de Zinny es comprensible si se considera la magnitud del material acumulado. Desde 1852 en adelante, el crecimiento de la prensa fue considerable. Pretender un estudio exhaustivo como el que él realizó para el período anterior implica una tarea ardua, que exige tiempo, paciencia y acceso sistemático a las colecciones hemerográficas.
Sin embargo, aun una labor más modesta —como la de compilar índices esenciales de títulos, redactores y fechas— resulta de enorme valor para investigadores y estudiosos. Cada periódico, por efímero que haya sido, representa una pieza del entramado político y cultural del Uruguay decimonónico.
El período 1852-1865 no es solo una etapa de transición entre guerras civiles y alianzas internacionales. Es también el momento en que la prensa uruguaya consolida su papel como actor central en la vida pública. En medio de revoluciones, invasiones y tratados, las imprentas no dejaron de funcionar. Las hojas volantes, los periódicos semanales y los diarios políticos siguieron circulando, disputando ideas y dejando testimonio.
En sus páginas late un país que se construía entre la confrontación y la palabra impresa. Y es precisamente en esa palabra —apasionada, polémica, a veces efímera pero siempre intensa— donde se encuentra una de las claves más ricas para comprender la historia del Uruguay en aquellos años decisivos.

En el mosaico vibrante de la prensa uruguaya entre 1852 y 1865, cada título fue una toma de posición, un gesto político, una declaración moral o un ejercicio cultural. No hubo publicación inocente: todas nacieron en un clima de tensión permanente, en el que la palabra impresa era prolongación de la tribuna y, muchas veces, antesala del combate.
La prensa como militancia: Actualidad
En setiembre de 1863 apareció en Montevideo Actualidad (La), impresa en los talleres de la Viuda de Jaime Hernández, en la calle Treinta y Tres. Su administrador responsable, José B. Costa, dejó en claro desde el primer número —10 de setiembre de 1863— que el periódico no sería neutral.
Duró apenas un mes: cerró el 10 de octubre con su número 25. Pero en ese breve lapso se convirtió en un órgano explícito de defensa del gobierno del entonces presidente Bernardo Prudencio Berro. Su nota-programa no dejaba dudas: proclamaba con entusiasmo el carácter “regenerador” del gobierno y asumía como lema “Paz, orden, ley y progreso”.
La retórica de Actualidad revela el espíritu de época: moralizante, militante, convencido de que la prensa debía ser instrumento activo de regeneración política. Incluso en su folletín —donde publicó la novela El Caballero de Harmental de Alejandro Dumas— se advierte el doble perfil del periodismo decimonónico: combate ideológico en las páginas centrales y entretenimiento literario en el pie de imprenta.
Cultura y sociabilidad: El Álbum
Muy distinto fue el tono de Album (El), revista enciclopédica dirigida por Tristón entre noviembre de 1855 y enero de 1856. Publicada por la Imprenta Liberal, se definía como órgano de literatura, historia, viajes, modas, teatros y costumbres.
En una sociedad marcada por guerras civiles, la existencia de este tipo de revistas demuestra que también había espacio para la sociabilidad ilustrada y el gusto cultural. Su vida fue breve —apenas doce números—, pero testimonia el interés por insertar a Montevideo en las corrientes intelectuales del mundo atlántico.
Moderación doctrinaria: La América
En 1861 surgió America (La), diario político, comercial y literario redactado por José H. Uriarte con la colaboración de Manuel Fernández y “varios amigos del progreso”. Su programa es una pieza elocuente del liberalismo moderado de la época.
Proclamaba “abstracción completa de toda excitación a los pasados errores” y defendía el libre pensamiento dentro del respeto a la ley. En materia religiosa, reafirmaba la centralidad del catolicismo como religión del Estado, pero invocaba tolerancia frente a otras confesiones. Era una postura que buscaba equilibrio en tiempos de radicalización.
Duró del 15 de abril al 31 de julio de 1861. Ochenta y seis números bastaron para dejar constancia de una corriente que pretendía reconstruir el orden sin exacerbar las pasiones.
Religión, moral y polémica: La América del Sur y El Católico
En 1855 circuló America del Sur (La), revista semanal dirigida por Adadus Calpe —seudónimo del escritor español Antonio D. de Pascual—, quien años más tarde moriría en Río de Janeiro. Su publicación combinaba política, religión, moral, literatura y ciencias. Junto a la revista se imprimió su obra Quien a hierro mata a hierro muere o los dos padres, ejemplo del cruce entre prensa periódica y producción literaria.
En la misma línea de preocupación moral y religiosa apareció Catolico (El), periódico religioso, literario y científico, iniciado en 1864 bajo la responsabilidad de F. F. Echenique. Declaraba expresamente su ajenidad a las luchas políticas, aunque esa neutralidad en el Uruguay de entonces era más aspiración que realidad. Publicó como folletín El espectro de Chatinon, mostrando nuevamente cómo la prensa mezclaba instrucción y narrativa.
Juventud y combate: Artigas
Entre 1864 y 1865 circuló Artigas, redactado por guardias nacionales. Desde su primer editorial proclamó su objetivo: defender la independencia y atacar frontalmente a quienes la pusieran en riesgo. La juventud oriental reclamaba un órgano propio, menos ilustrado quizá que la “patriótica prensa actual”, pero más enérgico y entusiasta.
Gran parte de sus artículos estaban dirigidos contra el general Venancio Flores, cuya invasión en 1863 había reabierto la guerra civil. Artigas es ejemplo claro de cómo la prensa se convertía en trinchera ideológica.
El comercio y la empresa periodística
El desarrollo económico también tuvo su expresión en diarios como Comercio (El) (1858), propiedad de Eduardo Madero. Publicó trabajos literarios en folletín, entre ellos textos de Alphonse de Lamartine, mostrando la conexión cultural con Europa.
Otra versión de Comercio (El) apareció en 1863 como diario de la tarde bajo la dirección de José M. Rósete. Su prolongación hasta abril de 1864 revela un modelo más empresarial, menos efímero que otras publicaciones políticas.
En 1865 surgió también Commercio Italiano (Il), periódico en lengua italiana, expresión de la creciente inmigración peninsular en Montevideo. Publicado tres veces por semana, demuestra la diversificación lingüística y cultural del espacio urbano.
Defensa constitucional: La Constitución
Entre los títulos más significativos del período se encuentra Constitucion (La) (1852-1853), dirigida por el doctor Eduardo Acevedo. Su programa fue una auténtica declaración de fe constitucional. En un país sacudido por revoluciones, proclamaba que la salvación solo podía venir de la observancia estricta de la Carta Magna.
Acevedo citaba a Victor Hugo para reflexionar sobre la responsabilidad de escribir en tiempos críticos. El diario cesó tras los sucesos del 18 de julio de 1853, aniversario de la jura constitucional, cuando la violencia política hizo inviable su continuidad. La hoja suelta publicada el 19 de julio explicando el cierre es, por sí sola, un documento elocuente del clima de aquel año.
Brevedad y permanencia
Muchas de estas publicaciones no superaron el año de vida; algunas apenas alcanzaron unos pocos meses. Sin embargo, su importancia no radica en la duración sino en la intensidad de su intervención.
En conjunto, estos periódicos y revistas forman un tejido documental imprescindible para comprender la década que condujo al triunfo de Flores en 1865, la firma del Tratado de la Triple Alianza y el inicio de la guerra contra Paraguay. En sus páginas se debatió la Constitución, la religión, la moral pública, el comercio, la juventud y la patria.
Cada número impreso fue un acto de fe en la palabra. Y aunque muchos títulos se extinguieron rápidamente, dejaron en la hemeroteca nacional la huella indeleble de un país que, entre 1852 y 1865, se pensaba y se discutía a sí mismo a través de la prensa.
Fuente: Biblioteca Nacional
