En 1953, cuando todavía había que “sacar de entre las dunas atlánticas” las ruinas de Santa Teresa y San Miguel, una nota periodística advertía algo que entonces parecía casi una apuesta idealista: que aquella tarea de recuperación histórica no terminaría en un gesto arqueológico, sino en la construcción de dos de los parques públicos más valiosos del Uruguay. Setenta años después, aquella intuición no solo se confirmó: hoy Santa Teresa y San Miguel están definitivamente perfilados como ejes estratégicos del turismo nacional, con identidad, servicios y proyección internacional.

AREA TOTAL/Desde Rocha EDUARDO MÉRICA para PERIODISTAS EN RED

La crónica de mediados del siglo XX hablaba de visión y patriotismo. Nombraba a Baltasar Brum, a Baldomir, al general Campos, a Horacio Arredondo, a Capurro y Mainero, como hombres que entendieron que las fortalezas coloniales no debían quedar congeladas como reliquias, sino integradas a la vida social, cultural y recreativa del país. No museos muertos, sino parques vivos. Esa definición, notablemente moderna para su tiempo, es la que hoy guía el relato turístico contemporáneo.

Santa Teresa y San Miguel eran ya entonces presentados como un milagro: monumentos de la primera época colonial del Río de la Plata, rodeados por miles de hectáreas de montes indígenas, lagunas, dunas y costas oceánicas. A 300 kilómetros de Montevideo, se los pensaba como destino de descanso, sosiego y belleza natural, pero también como un derecho social, una extensión concreta del bienestar y la salud para las familias trabajadoras.

Ese concepto —el turismo como política pública y no como privilegio— atraviesa la nota de 1953 (de Mundo Uruguayo) con una claridad sorprendente. Allí se defendía la idea de campamentos populares, viviendas rústicas, anfiteatros al aire libre, servicios higiénicos, caminos, abastecimiento controlado de alimentos, atención sanitaria y prevención de incendios. Todo con una premisa central: democratizar el descanso sin destruir el paisaje.

Hoy, Santa Teresa y San Miguel son exactamente eso. Campings organizados, cabañas, senderos, playas, áreas protegidas, servicios médicos, guardaparques, infraestructura vial y una identidad paisajística que combina historia, naturaleza y uso social. Lo que entonces era un proyecto, hoy es una experiencia concreta que miles de uruguayos y visitantes extranjeros viven cada temporada.

La vieja preocupación de 1953 —el temor a que el turismo popular “desvirtuara” los parques— quedó desmentida por los hechos. No hubo devastación ni desorden generalizado. Hubo, en cambio, apropiación responsable del patrimonio público, regulaciones, vigilancia, conciencia ambiental y una cultura turística que maduró junto con el país. Aquella nota lo decía con lucidez: para pensar que la gente destruiría lo que es de todos, había que tener una visión pesimista de la cultura nacional. El tiempo le dio la razón.

En el Uruguay de hoy, con un turismo cada vez más orientado a la naturaleza, la historia, la sostenibilidad y la experiencia auténtica, Santa Teresa y San Miguel aparecen como joyas consolidadas. No solo por sus fortalezas, sino por lo que representan: una idea de país donde el paisaje, la memoria y el bienestar social no compiten, sino que se complementan.

La crónica de 1953 hablaba de “una nueva etapa constructiva de nuestra forma de vida democrática”. Leída desde el presente, suena menos a consigna y más a diagnóstico adelantado. Porque Santa Teresa y San Miguel no son solo destinos turísticos: son la prueba de que cuando el Estado piensa el territorio con largo aliento, el futuro puede empezar, incluso, debajo de las dunas.

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