Las calles de Irán volvieron a ser escenario de un desafío abierto al poder. A pesar de las amenazas oficiales, del apagón casi total de Internet y del temor a una represión aún más violenta, la ola de protestas que comenzó hace dos semanas se extendió este sábado a más de 100 ciudades, configurando el mayor movimiento de contestación interna contra el régimen clerical en al menos tres años.
Desde Teherán hasta las periferias más alejadas, los manifestantes se mantuvieron firmes. En barrios del norte de la capital, imágenes difundidas de manera fragmentaria —antes de ser bloqueadas— mostraban multitudes concentradas en la plaza Punak, golpeando cacerolas, arrojando petardos y coreando consignas que evocaban a la dinastía Pahlavi, derrocada en la Revolución Islámica de 1979. En ciudades como Rasht, Tabriz, Shiraz y Kerman, escenas similares se repitieron, aunque el cerco informativo impuesto por el gobierno dificulta reconstruir con precisión la magnitud de las protestas.
El régimen respondió endureciendo su discurso y su despliegue represivo. El líder supremo, el ayatollah Alí Khamenei, calificó a los manifestantes de “vándalos”, mientras que uno de sus principales asesores, Alí Larijani, fue aún más lejos: “Estamos en plena guerra”, afirmó, denunciando una supuesta conspiración orquestada desde el exterior. La televisión estatal, en paralelo, difundió imágenes de funerales de miembros de las fuerzas de seguridad muertos durante los disturbios, en un intento de reforzar el relato oficial.
La Guardia Revolucionaria, columna vertebral del sistema de poder iraní, confirmó su despliegue en varias zonas del país. Según testigos en el oeste de Irán, sus efectivos abrieron fuego contra los manifestantes. La agencia semioficial Tasnim informó la detención de al menos 100 “alborotadores armados” en Baharestan, cerca de Teherán. En un comunicado, la fuerza de élite aseguró que “terroristas” atacaron bases militares y policiales, causando muertes, incendios y destrucción de propiedades, y advirtió que la defensa de la Revolución Islámica constituye una “línea roja”.
La escalada no se detuvo allí. Por primera vez desde el inicio de las protestas, el Ejército regular anunció que está listo para intervenir. En un comunicado, prometió “salvaguardar firmemente los intereses nacionales, la infraestructura estratégica y la propiedad pública”, culpando a Israel y a “grupos terroristas” por los disturbios. La amenaza marca un punto de inflexión: hasta ahora, la represión había quedado en manos de la policía y de fuerzas paramilitares.
En el terreno, el costo humano sigue aumentando. Organizaciones de derechos humanos estiman que al menos 65 personas han muerto desde el inicio de las protestas el 28 de diciembre, la mayoría manifestantes, aunque otros reportes —imposibles de verificar— elevan la cifra a miles. Más de 2.300 personas fueron arrestadas. Un médico del noroeste del país relató que hospitales recibieron decenas de heridos con golpes severos, fracturas y cortes profundos; al menos 20 presentaban impactos de munición real y cinco de ellos fallecieron. Investigadores especializados señalaron que entre las armas utilizadas se detectaron escopetas cargadas con munición pesada e incluso lanzacohetes portátiles.

Lo que comenzó como un estallido por la inflación y el deterioro económico se transformó rápidamente en una protesta política frontal, con consignas que exigen el fin del régimen clerical. En ese clima, desde el exilio, Reza Pahlavi —hijo del último sha— lanzó su llamado más contundente hasta ahora: instó a convertir las manifestaciones en una revuelta organizada para “tomar y mantener” los centros urbanos y aseguró que se prepara para regresar al país. “La República Islámica será vencida”, afirmó en un video difundido en redes sociales.
La crisis también reavivó la tensión internacional. El expresidente estadounidense Donald Trump volvió a alentar públicamente a los manifestantes y reiteró advertencias al régimen, mientras se filtran versiones sobre planes de ataque de Estados Unidos, lo que alimenta el discurso oficial iraní sobre una injerencia extranjera.
Irán se encuentra así en una encrucijada peligrosa: un gobierno que se siente acorralado, una sociedad que perdió el miedo y una represión que amenaza con escalar a niveles aún más sangrientos. En medio del silencio digital impuesto por el poder, las cacerolas, los gritos y las balas siguen marcando el pulso de un país que, una vez más, se asoma al abismo.
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