Cuatro días después del movimiento militar más contundente del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra Venezuela, la escena que domina no es la de un poder consolidado, sino la de una brecha creciente entre el discurso y la realidad. Mientras desde Washington se proclamó que Estados Unidos “gobernará” Venezuela, en Caracas persiste un régimen autoritario que, aun golpeado, sigue en pie y controla el pulso cotidiano del país.

La operación ejecutada en la madrugada del sábado fue rápida, precisa y espectacular. En apenas 150 minutos, fuerzas estadounidenses lograron extraer a Nicolás Maduro del territorio venezolano y ponerlo bajo custodia, enviando una señal inequívoca de capacidad operativa y decisión política. Sin embargo, el problema no fue la incursión inicial, sino todo lo que vino después.
Del golpe fulminante al anticlímax político
En cuestión de minutos, durante la conferencia de prensa posterior a la operación, el relato oficial pasó de la afirmación de un control estadounidense sobre Venezuela a una admisión inquietante: el futuro del país dependería, en gran medida, de la cooperación de Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro, quien poco después fue juramentada como presidenta encargada.
La paradoja quedó expuesta de inmediato. La “toma del poder” estadounidense no se sustentaba en una ocupación, ni en una estructura de gobierno alternativa visible, sino en la esperanza de que una figura central del régimen aceptara, casi de un día para otro, convertirse en pieza clave de una transición tutelada desde Washington.
Por ahora, ese escenario no se materializó. Lejos de mostrarse dócil, Rodríguez exigió públicamente la liberación de Maduro, denunció la incursión como una violación a la soberanía y expresó su indignación. Recién el domingo dejó entrever, de manera ambigua, que podría existir algún tipo de “cooperación”, una palabra lo suficientemente amplia como para no comprometerse con nada concreto.
Un país en vilo, sin celebraciones
Dentro de Venezuela no hubo festejos. No hubo multitudes celebrando el fin del régimen ni imágenes de una transición inminente. En cambio, predominó el silencio tenso y una creciente sensación de incertidumbre. Años de autoritarismo, represión y promesas incumplidas han vuelto escéptica a una población que observa con cautela cada movimiento.
Mientras tanto, comenzaron a circular denuncias sobre detenciones de periodistas, operativos intimidatorios y la presencia de pandillas leales al chavismo en las calles, una señal de que los resortes del control interno siguen activos. El aparato del poder, aunque herido, no se desmoronó.
El petróleo: la promesa que puede no cumplirse
Trump afirmó sin rodeos que Estados Unidos “se quedará con el petróleo” venezolano y anunció que entre 30 y 50 millones de barriles serían entregados a su país. Sin embargo, la materialización de esa concesión enfrenta obstáculos enormes.
El mundo energético actual es radicalmente distinto al de 2003, tras la caída de Saddam Hussein. Hoy existe abundancia de crudo, mercados volátiles y una aversión creciente al riesgo político. Invertir miles de millones de dólares en un país aún inestable, con una estructura institucional corroída y una hostilidad latente hacia Estados Unidos, no resulta atractivo para la mayoría de las grandes petroleras.
Chevron es, de hecho, la única gran empresa occidental que mantuvo operaciones significativas en Venezuela en los últimos años, y aun así lo hizo bajo condiciones excepcionales y limitadas.
¿Qué cambió realmente?
En términos estrictos, el cambio más significativo es uno solo: Nicolás Maduro está fuera del país, detenido y a la espera de un proceso judicial en marzo. Todo lo demás permanece en disputa. Los cuadros medios y altos del chavismo continúan ocupando cargos clave, las fuerzas de seguridad siguen respondiendo a la vieja estructura y las promesas de alineamiento por miedo a correr la misma suerte que Maduro, por ahora, no se materializan.
Para la Casa Blanca, el riesgo es evidente: que una victoria táctica brillante se diluya en una derrota estratégica silenciosa, producto de la incapacidad de sostener presión política y diplomática en el tiempo.
Retórica expansiva y precedentes incómodos
El episodio venezolano desató una avalancha de declaraciones grandilocuentes por parte de Trump y su entorno. En apenas cuatro días, la narrativa oficial sugirió una remodelación completa del hemisferio occidental basada en la fuerza de la voluntad presidencial.
Cuba fue advertida. Groenlandia volvió a aparecer como “necesidad estratégica” de Estados Unidos. El mensaje implícito fue claro: nadie está fuera del alcance.
Sin embargo, la historia reciente relativiza esas proclamas. Canadá no se convirtió en el estado número 51. El Canal de Panamá no volvió al control estadounidense. Gaza no está bajo dominio de Washington. Ucrania no alcanzó la paz prometida en 24 horas. En muchos casos, las afirmaciones de Trump funcionan como herramientas de negociación extrema, más cercanas al mundo de los negocios que a la complejidad de la geopolítica.
El espejo de Iraq y Afganistán
Estados Unidos no es ajeno a este tipo de dilemas. En 2003, tras el derrocamiento de Saddam Hussein, la falta de un plan sólido de reconstrucción sumió a Iraq en el caos. En Afganistán, el colapso inicial de los talibanes dio paso a dos décadas de inestabilidad antes del regreso del mismo régimen que se había intentado erradicar.
La diferencia, en Venezuela, es aún más compleja: no hay tropas estadounidenses sobre el terreno, ni una ocupación formal. La estrategia depende exclusivamente de la coerción política, económica y psicológica sobre actores locales que conocen el terreno mucho mejor que Washington.
La señal al mundo y el reloj en marcha
Para China y Rusia, el mensaje fue doble. Por un lado, quedó claro que Trump es capaz de ordenar acciones audaces, rápidas y altamente especializadas. Por otro, también quedó expuesta la fragilidad de una estrategia que depende de la atención sostenida de un presidente conocido por su volatilidad.
En Moscú y Beijing saben que quedan tres años de esta presidencia, quizá menos si las elecciones de medio término debilitan al mandatario. Han aprendido que Trump puede golpear fuerte, pero también que su foco puede desplazarse rápidamente.
La prueba definitiva se juega ahora, en las próximas semanas. Si Estados Unidos no logra traducir la fuerza inicial en un cambio político real y duradero en Venezuela, el episodio quedará como una advertencia incompleta: temible en el corto plazo, esquivable en el largo.
Porque, una vez más, la realidad se impone. Y en Venezuela, como tantas veces antes, el poder no se ejerce solo con golpes espectaculares, sino con la capacidad —mucho más difícil— de sostenerlos en el tiempo.
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