Esta es una serie de crónicas —pensadas como entregas publicables— sobre la historia de la prensa en Uruguay, tomando como eje la periodización historiográfica, las corrientes intelectuales y las principales obras fundacionales. Cada crónica tiene tono narrativo-periodístico, pero con sustento histórico y académico.

Cuando la prensa ayudó a inventar la Nación
La historia de la prensa uruguaya no puede separarse del proceso de construcción del Estado. En el último cuarto del siglo XIX, cuando la joven República Oriental del Uruguay buscaba afirmarse política, institucional y simbólicamente, la prensa periódica se convirtió en una herramienta central para narrar el pasado, ordenar el presente y proyectar el futuro.
La historiografía de ese tiempo bebió de las grandes corrientes europeas. Desde Francia llegaron las influencias de Guizot, Michelet y Taine; desde Inglaterra, el pensamiento de Carlyle. En ese clima intelectual, la historia dejó de ser una simple crónica de hechos para transformarse en un instrumento de consolidación nacional. Y para escribir esa historia, hacía falta algo esencial: documentos.
Archivos, bibliotecas, colecciones documentales y papeles públicos y privados comenzaron a organizarse con un objetivo claro. Como señaló Oddone, la corriente romántica impulsó la búsqueda de documentos que luego serían sometidos a crítica y síntesis conceptual. La prensa, en ese contexto, fue vista no solo como testigo del tiempo, sino como una expresión viva de la libertad o, en su ausencia, del despotismo.
No era una exageración. En una sociedad en formación, la existencia de diarios y periódicos era sinónimo de vida cívica. Su falta, en cambio, delataba ignorancia, censura o autoritarismo. Así nació la convicción —que marcaría décadas de estudios— de que en los periódicos dormía la memoria del país.

Antonio Zinny y el primer gran mapa de la prensa oriental
En 1883 apareció una obra destinada a convertirse en piedra angular: Historia de la prensa periódica de la República Oriental del Uruguay, 1807-1852, de Antonio Zinny. Fue el primer gran intento sistemático por registrar la existencia de periódicos en el país y, hasta hoy, sigue siendo una referencia ineludible.
Zinny no escribió una historia en el sentido moderno del término. Su libro se asemeja más a un catálogo o diccionario: los medios aparecen ordenados alfabéticamente y no de manera cronológica. Sin embargo, esa decisión formal no le restó impacto. Por el contrario, permitió reunir una enorme cantidad de datos que, en muchos casos, no volvieron a encontrarse en ninguna otra fuente.
El propio Zinny advertía sobre las asimetrías de su trabajo: algunos periódicos estaban mejor documentados que otros, simplemente porque la información disponible era escasa. Aun así, la obra fue recibida como un hito. La mayoría de los datos que aportó fueron aceptados sin mayor discusión por generaciones posteriores de historiadores, pese a que el autor no explicitó sus fuentes.
En su introducción, Zinny dejó una definición que resume el espíritu de la época: el periódico era el lugar donde se reflejaban los acontecimientos extraordinarios y la vida social del país; su existencia, una necesidad de la vida común. La prensa no era un lujo cultural, sino un termómetro de civilización.
De la enumeración al contexto: la mirada de José Toribio Medina
A fines del siglo XIX, la historia de la prensa y de la imprenta comenzó a dar un giro metodológico. En 1892, el bibliógrafo chileno José Toribio Medina publicó su primer trabajo sobre la imprenta montevideana durante el período hispánico, y con él propuso algo novedoso: ir más allá de la simple enumeración de títulos.
Medina entendía que el documento impreso no podía analizarse aislado. Era necesario considerar el taller tipográfico, los autores, el contexto político y social, y la circulación de las ideas. Esa mirada integral marcó a fuego a sus continuadores. Horacio Arredondo llegó a afirmar que la estructura de su trabajo había permanecido “inconmovible”.
La influencia de Medina trascendió fronteras. Su método fue admirado y replicado tanto en Uruguay como en otros países de la región. Con él, la historia de la prensa comenzó a abandonar la comodidad del inventario para adentrarse, lentamente, en la interpretación.
Entre el catálogo y la historia: Fernández y Medina, Estrada y Arredondo
El cambio de siglo trajo nuevos aportes. En 1900, Benjamín Fernández y Medina publicó La imprenta y la prensa en el Uruguay desde 1807 a 1900. Breve —menos de noventa páginas— pero ambicioso, el libro introdujo innovaciones de enfoque que lo acercan más a un trabajo histórico que a un simple listado.
Fernández y Medina incorporó documentos de archivo, bibliografía auxiliar y un incipiente cotejo de fuentes. Aunque su análisis fue limitado, marcó un paso adelante. Poco después, Dardo Estrada intentó combinar narrativa histórica y exhaustividad bibliográfica en su Historia y bibliografía de la imprenta en Montevideo, 1810-1865.
El resultado fue desigual. Como observó Arredondo, el tramo histórico ocupaba apenas una pequeña parte del libro. El resto era catálogo puro, expresión de una confianza positivista casi absoluta en el poder demostrativo de los datos. Aun así, Estrada añadió comentarios críticos que enriquecieron la obra, aunque sin llegar a una reflexión histórica profunda.
En 1929, Arredondo cerró —y a la vez amplió— esta etapa con su Bibliografía uruguaya. Contribución, un trabajo monumental que no solo incluyó las publicaciones impresas en el país hasta 1865, sino también obras de autores uruguayos editadas en el exterior y textos extranjeros referidos exclusivamente al Uruguay. La prensa, así, empezaba a ser pensada como fenómeno transnacional.
Scarone y la explosión de la prensa después de la Guerra Grande
Casi una década después, Arturo Scarone retomó la tarea donde Zinny la había dejado. Entre 1852 y 1905, el Uruguay vivió una verdadera explosión de publicaciones periódicas, impulsada por el fin de la Guerra Grande y la consolidación del Estado moderno.
En once entregas publicadas en la Revista Nacional, Scarone dio a conocer La prensa periódica del Uruguay de los años 1852 a 1905. Su trabajo mostró dos caras del fenómeno: el crecimiento vertiginoso del número de diarios y revistas, y la vida efímera de muchos de ellos.
Scarone no siempre pudo ofrecer datos completos, pero sí aportó información clave: redactores, fechas, formatos, cantidad de números publicados. Su objetivo era claro: brindar una herramienta para que los investigadores pudieran “investigar nuestro pasado en los diarios”. Para esta corriente, el pasado no estaba detrás de los periódicos: estaba dentro de ellos.
Facsímiles, archivos y universidad: hacia una nueva etapa
La obsesión por rescatar documentos también dio lugar a ediciones facsimilares de periódicos antiguos, impulsadas por el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay. La Estrella del Sur, la Gazeta de la Provincia Oriental y El Paraguayo Independiente volvieron a circular, precedidos por estudios introductorios que combinaban historia y bibliografía.
Hacia fines de la década de 1940, una nueva mirada comenzó a emerger desde el ámbito universitario. Ya no se trataba solo de enumerar ni de rescatar papeles del olvido, sino de analizar la prensa como actor político, social y cultural. La historia de la prensa uruguaya entraba, lentamente, en una etapa de interpretación crítica.
La Nación ya estaba escrita. Ahora quedaba comprender cómo se había contado a sí misma.
CONTINUARÁ
